Entre Nos ... Intolerantes y…

Por Carlos Santamaría Ochoa

Entre Nos … Intolerantes y… Tenemos entendido que en un régimen democrático como el que supuestamente vivimos en México, los ciudadanos tenemos voz y somos considerados para opinar en prácticamente todos los temas. Considerando que somos más de 110 millones de almas, sería imposible ponernos de acuerdo, motivo por el que se ha establecido un sistema de representantes populares más antiguo que nada, y que desde la Grecia y la Roma antigua funcionaba de maravilla: el Congreso, los diputados, los que son nuestra voz, pero también nuestra opinión.

El sistema mexicano es más generoso y otorga un 40 por ciento de sitios de esta privilegiada situación a 200 vividores que llegan al Congreso gracias a sus relaciones personales y no al trabajo de convencer o ganar el voto, de ahí que pocas veces se preocupen por representarnos, dado que no nos deben su curul como los que sí fueron elegidos por nosotros, y un claro ejemplo es Miguel González Salum, quien está ya recabando información de sus representados para llevarla al Congreso de la Unión y gestionar que se haga realidad esta petición ciudadana.

Y como Miguel, habrá 299 más que nos deben  la chamba trianual y seguramente la devengarán, no así los otros 200 que responderán a su patrón por haberlos ubicado en las listas: los plurinominales, que para nosotros, siguen siendo oportunistas, con una que otra excepción.

No sabemos por qué hay algunos plurinominales que se destacan en su trabajo y no fueron elegidos por voto directo. Es un caso que seguramente nuestros analistas políticos dilucidarán en tiempo y forma.

En el Congreso tamaulipeco también existe conformación de legisladores elegidos por nosotros y otros por el Sistema, es decir, los que llegan de “chiripa”, de “rebote”, de “casualidad”. Esos no merecen mucho que digamos departe de los ciudadanos, porque pocas veces se recibe algo positivo de ellos.

El caso más reciente lo presenta un miembro de la bancada albiazul, con ideas retrógradas y torcidas respecto a los principios de igualdad y justicia que privan en cualquier religión y credo político, en cualquier sitio donde el ser humano se precia de serlo.

Este individuo, cuyo nombre no vale la pena mencionar porque ni siquiera eso se recuerda bien, con una pancarta mal hecha descalifica a un grupo minoritario en nuestra sociedad pero existente, y en el que muchos de sus miembros forman parte del sector productivo, oficial y más.

Olvida el sujeto en mención que estos grupos llamados “minoritarios” han sido reconocidos en las civilizaciones más modernas, no así en los trogloditas que se escudan en un crucifijo para jorobar a los demás a través de unas siglas y dos colores: blanco y azul, y que tienen fama de ser fanáticos religiosos, aunque este tipo de plano llegó a extremos absurdos.

Y como él, hay otros que en temas de distinta naturaleza muestran su intolerancia: nadie dijo que democracia es hacer lo que todos digan y que todos deben estar de acuerdo: democracia, señores, es acatar la disposición emitida por las MAYORÍAS y debe respetarse como un ordenamiento sagrado. Así de claro.

Pero no tiene la culpa el sujeto a quien se acusa inclusive de tener tendencias que él mismo descalifica, sino los partidos políticos que utilizan a esos seres faltos de sensibilidad humana y ciudadana, de preparación, faltos de moral y de honestidad para ocupar tan distinguidos cargos muy bien remunerados.

Es entonces cuando suponemos que bajo esa premisa, Acción Nacional no dejará de ocupar el oscuro sitio que tiene en una sociedad que despierta y se conforma adecuándose a la realidad del mundo moderno y no como nos enseñaron que era la inquisición, aquel tiempo en el que los religiosos mataban “en nombre de Dios”, en la más aberrante práctica pseudoreligiosa, empapada de fanatismo digno de aquellos tiempos. Esos seres, siguen iguales: no han crecido y no tienen una neurona acorde a la modernidad. Son oscuros, tramposos, deshonestos, hipócritas y si eso fuera poco, intolerantes consigo mismos y con los demás.

Debieran desaparecer del contexto público y encerrarse en su absurdo mundo de mentiras y jaculatorias, la verdad.

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