Entre Nos ... Las becas de Conacyt

Por Carlos Santamaría Ochoa

 

Hay estudios en el país que son avalados como de “calidad” por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología –Conacyt- y que tienen muchos beneficios.

El primero de ellos es el estatus académico que otorga a la facultad, escuela o unidad académica por tenerlo, ya que para lograr la certificación se requiere cumplir una serie de parámetros que implican el demostrar que se tiene calidad. En aras de esta certificación, a veces los centros de estudios sacrifican a sus hombres con tal de obtener una mejor calificación: tienen más puntos cuando un docente es miembro del SIN que si no lo es, y prefieren el sacrificio de su gente con tal de ganar puntos.

Todo se vale en la viña del Señor, pero lo único que no se vale es traficar con los resultados y los recursos del Conacyt, que, finalmente, es dinero de todos nosotros, porque no hay alguien que diga “yo pongo para que estudien”: son recursos oficiales.

Hace muy poco tiempo una persona fue rechazada en la Unidad Académica de Trabajo Social y Ciencias para el Desarrollo Humano para cursar su maestría, y desilusionada esta persona, fue por sus papeles, y recibió como respuesta de la dependienta una inocente frase: “no sé si usted fue el que más alta calificación tuvo, por qué le negaron el ingreso”. La respuesta es más que sencilla: el otorgamiento de plazas para estas maestrías obedece a criterios políticos y personales de un sujeto que tiene secuestrada esa Unidad, y no a aspectos académicos.

Se puede demostrar muy fácilmente, no crea que son habladurías: basta con revisar los exámenes de Ceneval y darse cuenta que quienes ingresaron pertenecen a ese grupo político en franca decadencia, y que además, infringiendo las normas del Conacyt, prestan sus servicios en la Unidad Académica.

Las normas establecen que para ser sujeto a una beca de calidad requieren NO tener trabajo y dedicarse de tiempo completo a estudiar, lo que no cumplen las personas que, afines a este sujeto se contonean en aras de seguir logrando favores que les permitan cobrar, entre otras cosas, su “bequita Conacyt”.

No importa que tengan que jugar a “te cargo como cartón de cerveza”, o a los jueguitos de “confianza” que relatamos antes; no importa cual ese su origen: hay que dar gusto a quien toma las decisiones hace muchos años en ese centro de estudios que, pese a tener un buen nivel, ahora se sabe que mucho del mismo ha sido por tener a sus allegados en puestos determinantes, sacrificando a gente que tiene verdadera capacidad y vocación académica, dejándolos a un lado en muchas cosas, y limitando su esfuerzo que, con un plumazo, desaparecen, como ha sido el último caso de algunas investigadoras.

Y cuando algunas de estas personas se atreven a comentar o denunciar, vienen las represalias como es lo que vivimos hoy en día: aunado a las amenazas para el columnista departe de los militantes del “Grupo Azul”, que hemos puesto en conocimiento de las autoridades, ahora van con todo y para todos, armando tremendos cuadros para tratar de acabar con los detractores.

No tienen idea de lo que es un grupo estudiantil político: obligan a sus elementos a no tener roce ni comunicación con los que somos críticos de sus antojos, irregularidades y trafiques, y así lo han hecho durante los últimos meses.

Y hay otros asuntos pendientes que están saliendo a relucir: ¿sabe usted donde están las tesis de estos dirigentes que supuestamente hicieron cuando concluyeron su maestría?

Nunca se les vio en el salón de clases, y de ello hay testimonios de profesores y alumnos que no los conocieron sino hasta después, en la prensa.

Han plagiado títulos universitarios, lugares para las maestrías, y esto es solo la punta del Iceberg que asoma dentro del sistema de corrupción y malos manejos administrativos, académicos y políticos de un sitio que, por ser parte de la UAT debiera estar limpio de estas cosas.

Como parte de esta comunidad, hacemos el llamado a los asambleístas para que ordenen una revisión a fondo. Tenemos elementos para probar, y lo haríamos con muchísimo gusto, en aras de limpiar la Universidad de gente no deseable.

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