Entre Nos ... Las madres adolescentes

Por Carlos Santamaría Ochoa

 

Solo cada persona sabe lo que carga en cuanto a preocupaciones y estas cosas: la maternidad no es un castigo divino ni terrenal; tampoco es un error de alguna persona o un descuido.

Hay quien la aprecia como una equivocación porque dejaron de tomar algún fármaco que funciona como anticonceptivo, independientemente del daño que ocasiona en el organismo de la mujer.

El asunto es que hay muchas mujeres que resultan con un embarazo de los llamados “no deseados”, y que no es más que el que llega sin esperarlo, y aunque todo tipo de relación implica un riesgo –pequeño, muy pequeño o extremo-, se sabe que quien tiene una circunstancia de este tipo ha sido por un descuido que tendrá que ser sujeto a las consecuencias, para algunas, hermosa y bendita, y para otras, una terrible y deleznable carga.

Cierto, hay damas que ven el embarazo como una maldición y reniegan a grado tal que sus madres o familiares se hacen cargo totalmente de esa situación y aparecen “socialmente” como las hermanas de esos pequeños que vienen al mundo siendo ya rechazados.

¿Quién falla en este aspecto?

Se culpa a las autoridades de no enfrentar el problema en toda su magnitud, pero hemos de ser sinceros: ninguna autoridad fue con las chicas y las empujó a tener una relación de riesgo, y tampoco se hicieron desentendidas éstas –las autoridades- cuando los padres dimos permiso para que fueran a esa fiesta, la cena aquella o a la Alberta tal con sus amigos, y que se quedaran a dormir fuera de casa.

Los riesgos existen siempre. Hay un verso que reza: “El hombre es fuego / la mujer estopa / llega el diablo / y éste sopla. Nos hace ver el riesgo existente en una situación que muchas veces no es controlada por quienes tienen el protagonismo que resulta en un embarazo.

Hay programas institucionales que tienen como objetivo que nuestras hijas tengan la información adecuada y a veces no los dejamos entrar a casa o la escuela, pensando que son muy chicas y castas como para saber de ello, pero, cuando viene el embarazo, ya nos anda y no tenemos idea de qué hacer, y entonces echamos la culpa a los primeros que se cruzan en la mente: la Secretaría de Salud.

Pláticas, métodos anticonceptivos, orientación de toda índole y atención médica se proporcionan en forma gratuita para esas personas que requieren el apoyo necesario.

Insistimos en un aspecto fundamental: cuando nuestras hijas tienen como diagnóstico a sus cambios un embarazo, no queremos reconocer la falla que hemos tenido, y culpamos hasta a Dios.

Los primeros responsables somos los padres, nos guste o no.

Y es donde tenemos que valorar el esfuerzo de las autoridades sanitarias en el estado, de los clubes sociales y ONG’s que tienen como misión el orientar a estas chicas cuyo pecado es el no tener padre y madre que se ocupen de ellas.

No dejemos al garete tan importante tema, y no propiciemos acciones difíciles de comprender: seamos objetivos y atendamos esta responsabilidad.

Escuchémoslas, entendámoslas, hay que orientarlas sin que suene prohibitivo el discurso, pero si orientador, porque, finalmente, quienes tendrán que cargar toda su vida con un cambio de muchacha o niña en muchos casos, rumbo a la maternidad, son ellas.

El día que nosotros faltemos, ¿quién les va a apoyar? Los hijos son lo más sagrado que tenemos todos, y hay que hacer un esfuerzo mayor porque tengan las herramientas necesarias para su desarrollo.

Es responsabilidad de nosotros, padres, y por favor no nos espantemos si alguien les regala preservativos o si van a charlas de orientación familiar. Tenemos que apoyar y enfrentar una situación más real que nada.

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