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En la Remington… Del alcohol y otros demonios

En la Remington… Del alcohol y otros demonios

Por Ricardo Hernández

Todavía recuerdo con precisión los últimos momentos vividos en la casa de madera a la que había llegado a vivir. Estaba ubicada en una zona de tierra negra donde salían cangrejos de diferentes tamaños; el viento frío o tibio del Oeste arrastraba hasta ahí el olor a humedad lo que me hacía pensar en olas, en peces, en aguas profundas.

En ese lugar todo me causaba asombro, desde las casitas de madera hasta la inquietud de la gente que, a días de mi llegada, no dejaban de asomar la cabeza por las ventanas. Por ese tiempo remoto me gustaba mucho la cerveza, comencé a experimentar la soltería, las ideas bullían como burbujas de cerveza en un vaso de cristal, la imaginación -no se diga- había rebasado el límite de tolerancia como la última gota que derramó el vaso.

No estaba seguro si huía de mí mismo o de esa “cosa” que me había estado siguiendo durante años. Fue un pasado que bien podría llamarle “tormentoso”. Venía arrastrando desde niño experiencias “paranormales”, eso para los médium o para algunas escuelas místicas vendría siendo un “Don” el que yo tenía.

Por ese tiempo no sabía que significado tenían las apariciones de bebés llorando, señoras que deambulaban por las noches, gatos que posaban sobre mi pecho, señores con gabardina. Mi niñez y adolescencia estuvo marcado por esos hechos que para toda mi familia nunca existieron, y todo por el contrario, llegaron a creer que yo comenzaba a padecer de esquizofrenia, pues hasta eso hubo tiempo en que hablaba solo, eso fue lo que ellos creyeron, mi realidad era otra, muy distinta.

Cuando comencé a tomar cerveza a los veinte años de edad, sentí una especie de complicidad con la bebida; al calor de la tomada

confundía lo que era la realidad con la fantasía, eso me llevó al grado de hablar palabras obscenas y proferir insultos a los cuatro vientos. Con toda esa influencia de mi vida pasada había llegado a vivir al lugar al que yo bauticé como “La zona de los cangrejos”.

Ahí vi por primera vez a la señora Adela, era una mujer gordita, de tez morena, a quien le gustaba la cerveza al igual que a mí, por eso no batallé tanto en encontrar la suela de mi zapato. Con ella me la pasaba bebiendo hasta altas horas de la noche. Entre las pláticas había explicado de su hija “es morenita como yo, se llama Celeste y vive con su padre, de vez en cuando me viene a visitar la condenada”.

En su casa no tenía a la vista ninguna foto de su hija, me hizo un retrato hablado “tiene quince años (los acaba de cumplir); es un poquito más alta que tú, tiene el cabello corto y ¡ah! eso sí, cuidado con que la andes pretendiendo porque te va a decir hasta lo que no y luego no digas que no te lo advertí, señorito”.

Lo de señorito era una burla inocua, surgió desde un principio al saber que yo no estaba casado y que mucho menos tenía pensado en hacerlo a mi edad de los veinticinco años. La señora Adela se maquillaba exageradamente, resaltaba mucho el color rojo de sus labios gruesos.

La última ocasión que tomé con ella me quedé dormido en la sala de su casa, al despertar por la mañana, llegó hasta a mí un agradable olor, Adela se encontraba en la cocina tomando una taza de café “¿Ya se despertó el señorito?.. Bueno, para que vaya al baño y se fije de qué color tiene la cara”. “¿Mi cara?”, pregunté ruborizado, enseguida corrí al baño y a través de un espejo opaco miré mi rostro. Estupefacto exclamé “¡mi cara!, ¡la tengo pintada de negro!”

¿Por qué me había pintado yo de esa manera?

“No sólo eso, señorito –dijo la señora Adela- También te agarraste a hablar solo como loquito.” Nada más me faltó preguntarle ¿y con quién?, ¿y qué era lo que decía? La explicación de la señora Adela me refrescó el panorama, era sin duda nuevamente la aparición del

hombre de la gabardina cuya mutación era en un gato negro, lo hacía siempre que yo estaba demasiado ebrio.

El espectro visto en varios lugares pasó de la preocupación a la irritación. Lo que había dicho la señora Adela no era mentira, quizá por el mismo miedo me vi en la necesidad de cubrirme el rostro para que no me reconociera ese hombre, que nada más de verlo me causaba mucho miedo, mi cuerpo comenzaba a helarse gradualmente, sentía como la sangre me abandonaba los pies; el tiempo se detenía, me quedaba sin mí, tenía la sensación de que el alma era separada del cuerpo así como el aceite del agua.

Algo debí haber dicho estando junto con la señora Adela tanto como para que ese hombre -mutación de gato- junto con el pasado de fantasmas, desapareciera para siempre de mi vida.

Aunque hasta la fecha tengo mis dudas, lo más probable sea que la señora Adela haya tenido mucho que ver en todo esto, incluso que me haya hecho creer aquello de que yo mismo me pinté la cara de negro ya que cuando me ofreció una taza de café le vi entre los dedos de su mano una manchita negra.

¿Me haría un exorcismo? ¿Juntos bailamos algún ritual para vencer al mal? ¿Invocaríamos al más allá para saber quién era ese misterioso hombre? ¿Se le botaría la canica a la señora Adela y se le ocurrió pintarme la cara con instrumentos de su maquillaje? ¿Lo que me ocurrió fue una vez más producto de la imaginación? Sea lo que haya sido o lo que haya pasado, ya pertenece al pasado. ¡Hasta pronto!

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