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En la Remington… Mi mundo antes de la primera vez

En la Remington… Mi mundo antes de la primera vez

Por Ricardo Hernández

Cuando somos adolescentes el mundo parece ser de color de rosa…La época a fínales de los 80’s que data de cuando conocí a Claudia fue una etapa de mi vida que viví muy intensa tanto emocional-sentimental- como sexualmente; una etapa al mismo tiempo demasiado difícil para un adolescente urgido en conocer el mundo, un adolescente que deseaba experimentar en carne propia la sexualidad, un chico que sentía hacia algunas maestras una intensa atracción física, aunque no necesariamente de mis compañeras.

Las jovencitas de mi edad no las veía de esa manera, cosa curiosa porque las más grandes en edad eran mis favoritas. En aquel tiempo remoto –cuestión de gusto por la música- admiraba a la cantante Madona. La canción LIKE A VIRGIN -un hits por ese tiempo-, me volvía loco. ¡Cuántas veces no me soñé casado con la cantante!

Por otro lado, entre mis camaradas de barrio, de mano en mano circulaban las revistas pornográficas. Durante un mes completo, regresando de la escuela, permanecí en mi cuarto viendo imágenes de mujeres desnudas, que de acuerdo con mi edad e imaginación eso fue un detonante para lo que yo experimentaría después.

En otro contexto, recuerdo que llegaron a mi casa unas personas con una Biblia en la mano, decían que las “Buenas Nuevas estaban por llegar”, que “Dios pronto regresará a la Tierra”. Las personas me hablaron durante buen rato acerca de la “Venida de Cristo”, no entendí bien a lo que se referían con esas historias religiosas, porque simplemente mi perspectiva era otra muy distinta.

A pesar de ello, les acepté un ejemplar del Nuevo Testamento, mi gusto por la lectura se lo debía a mi madre porque gracias a ella había escuchado a través de sus labios algunas novelitas rosas así como

divertidas historietas. El Nuevo Testamento, algo muy novedoso para mí, lo comencé a leer con lupa, ya que desde las primeras lecturas había quedado hipnotizado. El Hijo del Hombre se había convertido en el prototipo de personaje al que me hubiera gustado aspirar ya de más grande.

Quizá eso en la práctica era un imposible, por las mismas ambiciones materiales y sexuales que tenía como adolescente. Sin embargo, no fue un obstáculo que La Palabra haya caído en buena Tierra, ya que al ser bautizado bajo la Iglesia Católica tuve la necesidad de asistir a una congregación de religiosas católicas que vivían cerca de mi casa, en el barrio, con la finalidad de saber más acerca de Jesús. Las Madrecitas (tres de ellas) empezaron a ilustrarme con paciencia y cariño; las enseñanzas eran los sábados.

Como estudiante de secundaria había pasado de ser de un alumno rebelde a un alumno destacado y con menciones honoríficas. En tercero mi promedio general de materias pasó de un 6 a 9.8 de calificación. Gozaba, pues, de una vida equilibrada en varios aspectos, aunque nunca se me va poder olvidar aquella ocasión que acompañamos a la Madre Gracia a una Iglesia que mis compañeros religiosos llamaron “La Capillita”. A ese lugar acudimos con la intención de visitar a otro grupo de jóvenes (hombres y mujeres) para compartir juntos “La Palabra”.

A medio día nos reunimos bajo la sombra de una palapa, fue en ese lugar cuando conocí por primera vez a Claudia, era una jovencita risueña, de cuerpo atractivo. Ese día en especial traía puesta una falda de mezclilla, casi casi una minifalda; Claudia se sentó justo frente a mí. En cuestión de segundos muchas cosas cambiaron, ya que cuando Claudia abrió provocativamente sus piernas ocasionó que se despertara en mí un fuerte deseo por ella, al mismo tiempo mis ojos se volvieron incapaces de ver hacia otra parte y mis oídos dejaron de escuchar la plática de la Madre Gracia.

Ese fuerte deseo sexual que sentí por la chica me obligó a desistir de un plan de vida que tenía en mente, pues días anteriores estaba

seguro que una vez concluida la secundaria me prepararía lo suficiente como para ingresar posteriormente a un Seminario de Sacerdotes, aunque de todos modos lo estaba pensando muy seriamente ya que por esos días había leído en una revista la historia de un seminarista a quien se le apareció el diablo en forma de una monja.

Cierta noche la monjita entró al departamento del joven seminarista, y una vez adentro se desnudó frente a él quién acababa de hacer sus oraciones. El joven seminarista no pudo vencer la tentación, cuando de pronto sintió las manos ásperas de la mujer y ya en la penumbra, entre la pálida luz de las velas y la oscuridad, se fue reflejando la monstruosidad del rostro que el joven seminarista besaba con tanta lujuria. Esa historia aunque de ficción, se quedó grabada en mi mente.

Cuando volví a ver a Claudia me dijo “Soñé que tú y yo dormíamos juntos en la misma cama”. No batallé nada para saber a lo que se refería con eso, de tal manera que me las ingenié para estar juntos en un cuarto a solas. Ella era mi primera vez y yo uno más en su lista. En el interior del cuarto, de pie, a un lado de la cama matrimonial, Claudia comenzó a quitarse los zapatos, los aretes, el sostén, la falda y se había quedado con lo último que le faltaba, enseguida me comunicó algo a través de sus ojos y habló en voz baja: “ven, acércate y quítamelo”.

Cada sábado quería estar con Claudia, a solas, donde nos pudiéramos besar intensamente. Aunque la quería con toda mi alma, no pasaba por mi mente llegar a ser un padre de familia a los quince años de edad, ella me lo pedía, y yo la rechazaba siempre “¡eres un cobarde!”, me reclamó en varias ocasiones.

En la escuela mis calificaciones fueron en aumento, comencé a formar parte de la escolta hasta que me dieron la oportunidad de llevar la Bandera Nacional, eso era motivo de orgullo para mí, pues todo lo que me había propuesto alcanzar lo estaba logrando, incluyendo la despedida con mi novia a quien le debo que yo haya pasado de ser un adolescente a un joven quién posteriormente se fijó la meta de llegar a

ser el mejor estudiante de prepa. Mi primera vez con Claudia es inolvidable, siempre la recuerdo sonriente, desnuda, golpeándome con su rodilla, haciéndome bromas bajo la sábana blanca, preguntando “¿quieres un hijo?.. ¡Eres un cobarde!”

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