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En la Remington… Tengo una historia qué contar

En la Remington… Tengo una historia qué contar

Por Ricardo Hernández

El nombre de mi columna periodística En la Remington comenzó a conocerse allá por octubre del año 2007, precisamente por ese tiempo había llegado al mundo mi hija Sara Inés, fueron días en que gracias a que me tocó cuidarla en casa por esas fechas se me ocurrió usar la máquina de escribir Remington, herencia de mi padre, que en paz descanse. Mi padre fue un hombre de difícil carácter, llevó una carrera militar por casi 30 años. Lo recuerdo sentado frente a una mesa de trabajo escribiendo incansablemente en esa máquina.

Con ojos de curiosidad veía cómo movía con velocidad dos dedos de las manos, su mirada siempre atenta al papel como un imán. Mi hija Sarita llegó a nuestra vida cuando mi padre estaba muy enfermo, le habían dado dos paros cardiacos; una de sus últimas palabras fueron dirigidas a mí como un consuelo: “Cuida esa niña, está muy bonita”.

Haciendo una retrospectiva hacia al pasado, el nombre de En la Remington fue inspirada cuando de estudiante universitario leí con interés sentimental la novela “La tía Julia y el escribidor”, del escritor peruano Mario Vargas Llosa. En dicha obra se hace una referencia del escribidor Pedro Camacho “Era un ser pequeñito y menudo, en el límite mismo del hombre de baja estatura y el enano, con una nariz grande y unos ojos extraordinariamente vivos, en los que bullía algo excesivo.”, personaje éste que escribe en una máquina Remington.

De ahí complementé la idea para darle un nombre a la columna periodística, debido en primer lugar a la admiración profunda que siento por el escritor peruano, y por otra, por el valor sentimental que representa la máquina de escribir. A partir de ese momento se me metió en la cabeza usar la marca En la Remington ya que por ese tiempo me dieron la oportunidad de escribir para un Portal de Noticias por internet, donde me expresaría a través de la columna.

Las cosas no fueron tan fáciles al principio como parece, pues no tenía la menor idea de qué tanto podía decir, ni cuáles serían los temas de las historias autobiográficas que podía abordar. Todo parece indicar que el comienzo inesperado de esta historia empieza a tejerse desde el momento en que recibo una llamada de mi hermana Estela, advirtiéndome que de no ir pronto a su casa por la máquina de escribir se la llevaría el camión de la basura. Muy a mi pesar fui por la máquina, la verdad no sabía para qué la llevaba conmigo a casa, ni qué uso podría darle.

Mi hija Sara Inés había aprendido a gatear, de repente me dio una gran sorpresa al iniciar sus primeros pasos apoyándose de una silla, de tal manera que esas experiencias ella las vio como un divertido juego en el que subía y bajaba de la silla. Mi atención hacia la niña ya no era al cien por ciento pues podía hacer dos cosas al mismo tiempo, de tal manera que se me ocurrió -al igual que a la niña con la silla- jugar con la máquina de escribir Remington.

En un principio los dedos de las manos se me introducían torpemente entre las teclas, luego comencé a desesperarme porque deseaba escribir lo más rápido posible. Esas primeras prácticas fueron eso: una práctica para aprender a teclear, posteriormente cuando creí lo había conseguido, empecé a recrear mis historias.

En cierta forma la Remington me poseía porque el tiempo se me pasaba demasiado rápido, de vez en cuando le echaba un vistazo a la niña, posteriormente regresaba la vista a la hoja puesta sobre el rodillo de la máquina. Cuando mi esposa Sara llegaba por la noche, a la niña la encontraba bañada y dormida. Mientras encontrábamos quién cuidara de ella durante los primeros meses, yo me ocupé de estudiar algunos libros de redacción, cuentos, así como algunas novelas, entre ellas la de La tía Julia y el escribidor.

Recuerdo que a fuera de casa llegué a instalar un puesto de ropa de segunda, mi niña me acompañó a vender una que otra cosita. Conforme escribía las historias, me pasó por la mente buscar la manera para que un periódico publicara mi trabajo, pues consideré

que el material valía la pena porque cada una de las letras estaba impregnada de sentimientos, de emociones, de energía. Cierto día ordené las hojas tamaño carta en una carpeta con la finalidad de tocar puertas en algunos periódicos locales.

Por lo regular regresaba a casa decepcionado, a los directores o encargados de atender mi asunto no les importaban mis escritos, entre otras cosas decían que había una cola muy larga de periodistas y escritores locales que deseaban ocupar un espacio para publicar sus artículos y que sencillamente ni lo había, ni se podía. De cualquier forma estaba consciente de todo eso, la inquietud de publicar había nacido producto de un juego que experimenté justamente cuando mi hija Sarita aprendió a divertirse con su silla; nada se podía perder, intentar era en todo caso la mejor opción.

Continuará… ¡Hasta pronto!

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