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Si Moncayo viviera

Si Moncayo viviera

ANECDOTARIO.
POR JAVIER ROSALES ORTIZ.

Como que regresé a mi niñez. Como que a esta edad se desprendieron de mi piel rápido las células muertas que son naturales y como que este evento me sacudió la cabeza por llamativo, por tan cultural, que me obliga a hacer una reverencia frente a sus buenos organizadores.

Y no es un vulgar cebollazo, más bien que positivo es que se abra la puerta y que los niños tamaulipecos visualicen que la vida tiene más, que existen otras cosas más allá que en el futuro les regala una opción para convertirse en GRANDES. Que le den el valor real a cada una de las siete letras que componen a esa palabra.

Con su mirada, con sus gestos, con sus inquietas manos los niños lo dicen todo, porque tal vez no han estado tan cerca de una banda de música tan monumental, tan disciplinada, con tan abundante categoría que regala al sentido auditivo sonidos que se gozan, que deleitan.

Fueron 38 integrantes de la Banda de Música del Gobierno de Tamaulipas los que les abrieron los ojos a cientos de niños de la escuela primaria Felipe Pescador de Ciudad Victoria con su tan famoso Huapango de Moncayo, tan distinto, tan completo, tan importante, tan es así que ha sido considerado como el segundo himno nacional de México.

Y allí, en las canchas con techumbre, el maestro Pablo Hernández Reyes, quien dirigió la banda, como que comprobó que si José Pablo Moncayo viviera, se hubiera estremecido por el impacto que su legendario huapango produjo entre la niñez victorense concentrada en ese lugar.

Es una perfecta melodía de casi diez minutos que Moncayo le dio forma en 1941 y ahora la Banda del Gobierno de Tamaulipas, la que abrió los ojos en 1901 bajo el gobierno de Guadalupe Mainero, pasea por diversos puntos de nuestro estado, donde deja huella.

El timbal y las trompetas hicieron de la suya en este acercamiento con una niñez que apenas despierta y Moncayo demostró que se sigue resistiendo al paso del tiempo.

Y es que eso no me toco en la niñez, cuando todo se remitía a la interpretación en coro de la canción Farolito de Agustín Lara y era todo y tan rápido que se expulsaba de inmediato como si fuera sudor.

Ahora no, los niños bailaban, se abrazaban, gritaban y disfrutaban cada sonido que escapaba por los instrumentos de la banda y como que se mostraban dispuestos a colaborar con ese obligatorio ejercicio de inclusión que es responsabilidad de los padres de familia y de los valerosos trabajadores de la educación.

Antes, los niños, sus padres y los maestros participaron en la llamada “Fiesta Intergaláctica” con el cabello pintado, con máscaras, vestidos con llamativos colores y, sobre todo, la elegancia con un peculiar quiebre de cadera que aumento el nivel de los aplausos.

Y a ella, a la directora del plantel, Rosa Isela Navarro Uribe, le gano la emoción, porque fue la que acarició la idea de darle para adelante a este ejercicio cultural que para que se hiciera realidad mucho tuvieron que ver las autoridades de Tamaulipas.

El apoyo de Juan Carlos Guerrero Sarre, Coordinador Interinstitucional del ITCA, Hugo Castillo Arriaga, Director de Educación y Desarrollo Artístico y otras personalidades, fue invaluable.

Pero Rigoberto Guevara Vázquez, dirigente de la sección 30 del sindicato de maestros de Tamaulipas, tuvo una participación decisiva en este evento y con ello más que demuestra que para él primero están nuestros niños.

Se cerró el telón y todos lucen contentos.

Fue un obsequio cultural que mueve, que invita a pensar.

Y eso, nuestra primera autoridad de Tamaulipas.

Lo sabe y, muy bien.

Correo electrónico: [email protected]

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