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Carta a mi hija

Carta a mi hija

Hija querida: siempre es bueno comunicarme contigo, porque siento que si nos escuchamos ambos, aprendemos cual es el punto de vista de la vida que tenemos, y aprendemos a respetarnos y a querernos.

He escuchado que muchos de tu edad se autonombran “milenials” y me llama mucho la atención: ¿A qué se refieren exactamente?

Me he preguntado si es tan importante para ustedes, los chicos de tu generación que se les etiquete como algo especial, y me pondo a pensar en aquellas maravillosas charlas que tuve con papá, en Los Alamos, y que me enseñaron, como ha sucedido generacionalmente, a apreciar la vida, no abusar de las fiestas y el alcohol, aprovechar las oportunidades y más, sin esos complejos de haber sido “bulleado” o vivir con traumas producto de un profesor que nos exigió tareas sin prórroga ni solapar nada que no fuera de clase.

También recuerdo, cuando hablan de “milenials” aquellos grupos de chicos de nuestros tiempos, que tuvieron algunas características muy interesantes para nuestra era, para nosotros, y que eran prácticamente iguales a las que me platicaba papá cuando iba a la facultad de odontología de la UNAM a estudiar.

O las que dice mamá que vivió mi abuelo Enrique, y que tuvo que hacer peripecia y media para sobrevivir y sacar a flote a sus hermanas, en una época en que estaba vetado a la mujer trabajar.

Me alegro que vivas un tiempo en el que hay más libertades, sin embargo, añoro el que hubieras vivido también ese tiempo en el que salíamos a la calle a jugar sin más temor que caernos y rasparnos la rodilla.

Estudiamos muchos de nosotros porque papá, mamá o ambos hicieron un gran esfuerzo por darnos lo que decían “un futuro” que hoy conformo contigo, entre otras valiosas criaturas.

Tuvimos nuestra primera televisión en blanco y negro en casa de la abuela porque no había para más, pero la ilusión fue la misma como cuando tuviste tu primer celular.

Nosotros jugábamos a los “radios transmisores” de mentiras: no sabíamos como era eso, solo lo escuchábamos en películas de ciencia ficción. No tuvimos WiFi ni Bluetooth. Para un trabajo de la escuela íbamos a la biblioteca y no sacábamos a información de Google, a través del móvil: nos exigían estudiar realmente, y no copiar lo que otros ya escribieron antes.

Nos enseñaron a respetar a los mayores y nunca a decir a papá o mamá “estás loco”, porque lo menos que recibíamos era un bofetón que te dejaba sin querer hablar por días.

No llorábamos por cualquier cosa y aceptábamos las medidas de disciplina. Sabes que no soy partidario de los golpes y más, pero entendimos que fue necesario en su tiempo. Te puedo decir que aprendimos a respetar a los mayores, a ls iguales y a todo ser vivo.

No corríamos por la calle insultando, ni era una buena idea o sentirse muy “cool” el escribir como lo hacen ahora muchos: palabras altisonantes, vulgaridades, groserías totales e imágenes cuasi pornográficas en la red. Eso se llamaba no tener moral, o al menos, respeto a uno mismo. Hoy sé que no es igual, y que enseñar el pecho es algo casi cotidiano, pero no acabo de aceptarlo, no en la gente que conozco.

Las luchas políticas, hija mía, eran más decentes, no había tanta mentira como en las llamadas redes sociales, que más que nada son redes de podredumbre y suciedad, lavaderos virtuales.

Quería decirte, mi querida hija, que ser “milenial” no es nada extraordinario: significa que naciste en un nuevo milenio, como todos los jóvenes a través de la historia de la humanidad y nada más.

No te creas cuando dicen que eres de la generación mejor en toda la historia, porque eso lo hemos sido todos… nadie.

Te amo, hija querida, y te deseo toda la felicidad.

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