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Aretha y la historia

Aretha y la historia

La pérdida de Aretha Franklin hace unos días nos puso a reflexionar acerca de cuando gente que es algo así como un patrimonio colectivo deja este mundo, y el derecho que tenemos de guardar su recuerdo, respetarlo o rendir un homenaje.

Cuando muere alguien famoso hay ceremonias muy impresionantes, aunque no faltan los familiares, con buen o mal modo, que piden, solicitan o exigen privacidad y respeto a sus deudos.

Nuestra idea choca con el respeto que piden muchos de estos familiares y amigos cercanos. Suponemos que tienen todo el derecho de llevar su luto y el recuerdo de sus seres hasta donde y como quieran, pero no tienen el derecho de privar a la humanidad de acompañar a estas personas.

Cuando muere Nelson Mandela, Gandhi, Juan Gabriel, Rivera y gente que se significa por su contacto social, en el ámbito cultural, deportivo, social o el que sea, no tenemos ya una potestad sobre ellos: nuestros familiares, al momento de llegar a la fama perdieron su apelativo único familiar para convertirlo en universal. Ellos se convierten en parte del mundo entero.

Habría que imaginar si los familiares de Juan pablo II o Teresa de Calcuta hubieran pedido privacidad en su funeral: ¿Qué culpa tenemos los seguidores de ellos de que no nos dejen despedirlos? Son gente que se significó, insistimos, por su contacto social, es por ello por lo que no podemos darnos el lujo ni asumir la autoridad para determinar si la gente puede ir a dejar flores o no.

Imagine el lector que los descendientes de Elvis Presley no permitieran que sus fans lleven flores a sus monumentos, casa y más.

Aquí vivimos un caso lamentable cuando falleció un individuo mucho muy querido por todo Tamaulipas: Eugenio Hernández Balboa. Aquel hombre cuya característica principal fue la bondad y el carisma. Uno de sus familiares, en forma agresiva, sacó a un fotógrafo que llegó al sepelio, cuando de todos es sabido que Geñito se convirtió en patrimonio de los tamaulipecos, en parte de todos los que nos dimos el tiempo para ir a llorarle o despedirle. Dejó ese día Geño de ser parte única de su familia y se convirtió en parte de un estado que lloró su partida.

Y así sucede, porque los deudos de Aretha enviaron un comunicado solicitando respeto; lo hicieron de una manera muy amable y formal, pero para muchos, incluyendo el columnista, pareciera una actitud muy personal y egoísta.

Si la figura política, social, cultural o artística hubiera decidido tener privacidad en su vida, nunca hubiera sido figura: así de sencillo.

Tenemos que entender que las figuras pertenecen a su entorno y dejan de ser propiedad familiar, además, la decisión que toman los familiares no es del artista o figura -éste ya no puede tomarla- y es todavía más arbitraria.

Que duele, no podemos decir que no. Que no es agradable estar llorando a un ser querido y que lleguen camarógrafos o fotógrafos, también lo entendemos, pero hay que entender qué es lo que la gente piensa y siente sobre su figura. No es nuestro ya, y debemos de entenderlo.

Dejamos de ser privados para ser públicos.

Y debemos verlo como un honor. Lejos de constituir un estorbo, es un honor que los demás se fijen en nuestros seres queridos aún después de haber partido de este mundo; lo que debemos valorar es la trascendencia de su legado histórico y social, y como Aretha, los deportistas, los artistas, los intelectuales de toda índole debemos abrir el corazón para los homenajes a que haya lugar.

Imagine qué hubiéramos hecho los admiradores de la obra del gran Pedro Banda si Trini, su amada esposa no nos hubiera permitido participar en ese imponente homenaje en el Centro Cultural Tamaulipas, algo que Pedro se ganó con cada pincelada que nos ofreció en sus muchas obras.

Es para pensarlo dos veces, sinceramente.

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